junio 29, 2009

“Humano y libre…”

AUTOR: Gustavo Tovar Arroyo

Discurso pronunciado en la inauguración del

Foro por la libertad y la paz

en Estambul Turquía el 29 de marzo de 2007

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En agosto de 1963, Martín Luther King pronunció un discurso memorable en Washington D.C. Aquel relámpago verbal nos legó un fulgor humanista en forma de “sueño”. Su sueño era mayor libertad e igualdad para su nación, para el Mundo, para el Hombre. Su palabra cimbró las bases del país más poderoso del planeta y encendió una llama moral en su sociedad y su cultura, llama que pronto devendría fuego abrasador en la historia del siglo XX. Después del discurso de Luther King nadie podía sentirse tranquilo, la sociedad no le podía seguir volteando el rostro al Hombre fuese cual fuese su color de piel, su raza, credo, estatus social o político. Urgía modificar el estado de las cosas y tal modificación venía acompañada con la necesidad de ver al hombre a los ojos, sin ascos, sin resentimientos, sin prejuicios. Ver al hombre tal como es, como imagen y semejanza de uno mismo: humano y libre.

Medio siglo más tarde, evoco la noble memoria de Luther King para advertir con admiración que aquel destello de luz humanista y liberal se materializó en gran medida, y muchos hombres y mujeres han sido sus benefactores. Me atrevo a señalar que la urgencia y la inspiración de muchos de nosotros por hacer de los Derechos Humanos una realidad tangible en el incipiente siglo XXI parte de aquel sueño libertario y del de muchos otros soñadores y constructores del humanismo y de la libertad en nuestra civilización: Siddhartha Gautama Buda, Zoroastro, Lao Tse, Confucio, Sócrates, Cristo, Mahoma, Newton, Da Vinci, Descartes, Locke, Rosseau, Voltaire, Montesquieu, Jefferson, Adams, Lincón, Miranda, Bolívar, Mahatma Ghandi, Octavio Paz, Ronald Hubbard. Sus sueños han significado un eslabón ascendente en la empinada lucha del Hombre contra la opresión y la tiranía y como ciudadanos de la celebérrima aldea global uno no puede sino agradecerles su entrega y su indoblegable espíritu libertario. Gracias a ellos el mundo cambia día a día para bien, y gracias a ellos, sus méritos, sus oficios, pero sobre todo, sus ideas, el mundo tiene hoy no sólo un sueño, sino un haz de esperanza universal.

I

Como hemos dicho, vivir es el dilema básico del ser humano. Cualquiera de nuestros actos está motivado por la intención de mantenernos vivos y de dignificar nuestra existencia. Vivir en sana convivencia con otros seres humanos, con otras formas de vida, en este vasto territorio llamado planeta Tierra.. En ese sentido, el primer impulso “humano” del Hombre –entendido como espiritual y sensible– es hacia la integración “humana”. Integrarse, en principio, con sus semejantes los Hombres y posteriormente con otras formas de vida. El Hombre es un ser dual, existe en la medida que un semejante a él existe, un semejante que le permite reconocerse a pesar de las diferencias. Sin tomar en cuenta la razón obvia de que para “vivir”, para darle permanencia a la raza humana, el hombre (en minúsculas) necesita de la mujer y viceversa. Un Hombre solitario, si sólo existiese él sobre la Tierra, no sabría jamás qué es. El Hombre, entiéndase el ser humano, pervive a través del erotismo y el amor, luego, como pareja y como familia, interactúa con otras parejas y familias y forma la sociedad; la suma de muchas sociedades conforma la humanidad. De ahí que la tolerancia sea fundamental en las relaciones humanas: existiremos en la medida que otro semejante a mí exista y me permita desarrollarme como ser humano (como pareja, como familia y como ser social, como humanidad).

Un paso inmediato superior a esta escala de comprensión humanista sería que los Hombres nos permitamos unos a otros “ser libres”. Pero, ¿qué entendemos por ser libres?, ¿qué es libertad? Ya lo hemos señalado antes la libertad es la posibilidad que tiene el Hombre de alcanzar sus sueños, sus anhelos y sus metas. La libertad es una aspiración, una idea, un anhelo de poder ser, de poder hacer y de poder tener. La libertad debe tener la posibilidad de materializar una meta sea en el ser, en el hacer o en el tener: ¿Qué aspiro? ¿Dónde y cuándo? ¿Qué o quién me lo impide? ¿Cómo me “libro” de las barreras para lograr mi sueño? He aquí las preguntas que resuelven el dilema de la libertad. Seremos libres y permitiremos a otros ser libres en la medida que nos permitamos unos a otros alcanzar nuestras metas y sueños.

Pero, ¿quién le ha impedido una supervivencia digna y libre al ser humano sino paradójicamente el mismo Hombre? ¿Quién le ha impedido alcanzar sus sueños, anhelos y metas? No han sido ni los dioses ni los fenómenos naturales ni los árboles ni los mares los forjadores de las peores catástrofes y devastaciones humanas, ha sido el mismo Hombre quien se ha cercenado a sí mismo su propia e innata posibilidad de vivir y su libertad. La esclavitud, la guerra, la dominación y la doblegación moral han sido sus armas. Ahora, en el entendido de que todos somos “Hombre”, de que todos somos “Seres humanos”, sin desvincularnos de la realidad, tenemos que somos nosotros mismos quienes en menor o mayor medida nos impedimos la supervivencia y la libertad ¿o acaso yo mismo o tú no somos “Hombre”? Paradójicamente, hemos sido nosotros mismos nuestros peores enemigos y también los peores enemigos de la raza humana: la guerra, la esclavitud, las bombas atómicas, las armas químicas, etc., son la prueba de cuan devastadores podemos llegar a ser. Una buena pregunta que mediría nuestro humanismo sería: ¿en qué medida contribuyo yo a la supervivencia y a la libertad de mis semejantes?

Desde el primer día de conciencia humana, el peor enemigo que ha tenido el Hombre para vivir o para alcanzar su libertad ha sido el mismo hombre, pero especialmente aquellos Hombres quienes desde el Poder (en cualquiera de sus variables: económicas, sociales, religiosas, pero especialmente políticas) han intentado convertir sus propios sueños o aspiraciones –podría haber escrito “delirios”– en el sueño de todos. Fue así que el Hombre para librarse de las barreras impuestas por otros Hombres desarrolló, como hemos señalado antes, métodos, códigos, leyes que normaban nuestras relaciones y nos permitían, en teoría, ser iguales y aspirar a la libertad. El arte, las religiones, las ideologías, las filosofías, la política, todo impulso expresivo y creativo del Hombre aspiran ofrecer al ser humano una plataforma de encuentro humanista con su semejante, que facilita la vida común y favorece la posibilidad de cada quien de alcanzar sus sueños y metas.

¿Qué infame y solitario sería el planeta si sobre su faz sólo caminase un ser humano, qué triste y desventurado, incluso, aburrido, sería sin la presencia del otro? El otro, su imagen y semejanza, nos alía y constituye. El otro, por cuyo vínculo y convivencia formamos el género humano. El otro, el eterno otro, cuya existencia nos refleja y nos garantiza la posibilidad de permanecer vivos. El otro, cuya dignidad humana a su vez nos dignifica y exalta. La diversidad no sólo nos enriquece, garantiza la supervivencia de la raza humana a través de la expansión de criterios y de visiones. Una cultura sin criterio y sin visión e ideas es una cultura que desfallece por inanición en una cárcel imaginaria. La cultura es fundamental para acercarnos al otro y para enaltecer el encuentro de los mundos (íntimos o públicos).

Miles de años han transcurrido para que el ser humano entendiese que sin un semejante, sin otro ser humano, no podría haber humanidad, y sin humanidad no podría haber vida. Aún hoy, en el amanecer del siglo XXI, a muchos les cuesta entender esto y se empeñan de una u otra manera en imponer sus criterios o sus delirios a la mayoría, con la oscura intención de dominar y esclavizar. Como señalamos antes, desde el primer día de su existencia, el hombre ha tenido que lidiar con diferentes formas de poder para granjearse su propia supervivencia. Ha lidiado tanto con poderes sobrenaturales o divinos como con poderes naturales o humanos. Su propósito ha sido crear fórmulas o métodos que le permitan entrar en diálogo o aplacar aquello que siente que le es superior en fortaleza o potencia. En las relaciones humanas ese dilema lo establece la posibilidad de diálogo y de control que el Hombre ejerce sobre el Poder (especialmente el gubernamental) para garantizarse a sí mismo libertad, seguridad y vida. Es así que, ensayo y error, el Hombre ha diseñado –y padecido– diferentes formas de gobierno. El matriarcado, el principado, la monarquía, la teocracia, la dictadura, hasta el imperialismo, han sido fórmulas que a través de los siglos el ser humano se ha brindado a sí mismo para mantener el diálogo con el poder político (¿el diálogo o los empellones?). Mucho tiempo, esfuerzo y sangre derramada le costó a la humanidad comprender que ninguna forma de gobierno que no iguale al Hombre en derechos frente al poder político es garante de vida o de libertad para nuestra raza. Mucho tiempo, esfuerzo y sangre derramada le costó a la humanidad comprender que la única forma de gobierno, con sus dificultades, imperfecciones y trastornos, que nos garantiza igualdad de derechos y libertad frente al poder y frente a nuestros semejantes es la Democracia. En ese sentido, la Emancipación Norteamericana y la Revolución Francesa representan los momentos culminantes de consagración de aquella milenaria y antigua aspiración independentista, liberal y democrática del ser humano frente al poder: la única vía para controlarlo. En democracia, a diferencia de otros regímenes políticos creados por el Hombre, el ser humano se controla a sí mismo, sin imposición ni atropellos. De hecho, en democracia una imposición o un atropello de un Hombre sobre otro Hombre es penalizado; mientras que en cualquier otra forma de gobierno, es simplemente sufrido.

La democracia es el régimen que nos iguala y asemeja a todos frente a la ley, la soberanía la ejerce el Hombre, la sociedad, la humanidad como género. Lástima que muchas veces esto se infrinja y olvide.

II

El espíritu de los principios contenidos en la Constitución de los Estados Unidos de Norteamérica y la Declaración de los derechos del Hombre y del Ciudadano en Francia son obeliscos idealistas que iluminan la plaza pública de la Historia de la Humanidad aún en nuestros días. Aunque en Francia no se materializó el espíritu liberal e igualitario que postulaba la gesta revolucionaria y más bien se persiguió y aniquiló al Hombre (como suele suceder en cualquier revolución), la política –al menos en la letra– tendió a igualar a los seres humanos frente a la ley. La intención era emancipar al Hombre de la opresión anti supervivencia que ejercía el poder político sobre ellos y ofrecerle un manojo de derechos que lo investían ya no como “súbditos”, sino como “ciudadanos”.

Latinoamérica, tema que nos atañe, a principios del siglo XIX hizo suyos estos ideales emancipadores y libró batallas inolvidables para deslastrarse del poder imperial y opresivo que ejercía sobre el ser humano el gobierno monárquico de la época. En cierto sentido los latinoamericanos ganaron en su aspiración de libertad, pues conquistaron su anhelada Independencia, pero en otro sentido fracasaron: se olvidaron del Hombre y de sus padecimientos. La Independencia que debía ser un pilar de engranaje para mejorar el nivel de vida de los latinoamericanos, se olvidó del ser humano y de esta forma se convirtió en una ruinosa realidad para sus pueblos. La crítica frente al poder, síntoma fundamental de la modernidad, que había inspirado a los libertadores latinoamericanos, fue negada al pueblo llano una vez que se conquistó la Independencia y de esta forma se escribió el principio del fin de aquella maravillosa gesta libertaria: por falta de modernidad y de diálogo. No fuimos capaces de ofrecer igualdad de derechos al Hombre, mucho menos fuimos capaces de crear gobiernos democráticos.

Me detengo para observar a grosso modo ¿qué es ser latinoamericano? En principio, el sufijo “latino” de “Latino América”, se debe a nuestro lenguaje, al hecho de que los idiomas que se hablan en nuestra región: el español, el portugués y, en menor medida, el francés, provienen del latín. O sea, lo latino como lenguaje, como tradición, sus ritos, su alma y su cadencia nos signa y emblematiza. Ser “latinos” recoge en sí cientos de años de convivencia romana y griega, la gracia y reflexión contradictoria de ambas culturas. Y América, nombrada así de manera equívoca en honor al navegante Américo Vespucio, como territorio posee una morfología a un tiempo salvaje y sublime, sus bellezas naturales y riquezas minerales hacen suspirar hasta al más escéptico de los hombres, comprende geográficamente una vasta región insertada desde el norte de México (colindando con la frontera meridional de los Estados Unidos de Norteamérica) hasta el sur con la Patagonia de Argentina. Junto con las antillas caribeñas forman un acorazado de belleza y diversidad territorial que cuenta con desiertos, selvas amazónicas, montañas nevadas, playas, lagos, ríos, y una vegetación y fauna indómita. Esta relación entre lo salvaje y lo sublime, entre la gracia romana y la reflexión y la estética griega, pareciera ser la rúbrica que señala nuestra alma. Sin duda nuestra cultura está fundada sobre los fangos de la diversidad y nuestro mestizaje es un barro. Seres de barro, los latinoamericanos somos hombres de tierra que aspiramos a la transparencia del agua. En el transitar hemos naufragado en el lodo, y ahí permanecemos desde hace largo rato.

Latinoamérica fue conquistada por el navegante europeo Cristobal Colón en 1492, lo que la convierte en una recién nacida frente a la Historia de la Humanidad. Para aquel momento la cultura ya había parido y enterrado formidables civilizaciones como la persa, egipcia, griega, romana, bizantina, china, entre otras. La cultura universal había leído los poemas de Lao Tse, de Homero y de Safo, había conocido la filosofía griega y el Imperio Romano, había madurado el espíritu del Renacimiento, y nosotros, en nuestro vasto e inhóspito territorio, aunque gozábamos de ella, todavía no sabíamos que la libertad era un bien supremo. Por otro lado, el que hayan sido los españoles y los portugueses quienes nos hayan “descubierto”… (“descubrir” es una palabra imprecisa, en el entendido de que antes de este advenimiento, en Latinoamérica se habían desarrollado sabias y majestuosas culturas indígenas como la Tolteca, la Maya, la Azteca y la Inca; empleo el término, a pesar de su inexactitud, como un convencionalismo no como una sujeción: en la historia, ¿quién puede atribuirse a sí mismo el “descubrimiento” de su semejante?). Decía que el que hayan sido los españoles y los portugueses quienes nos hayan “descubierto” entrañó un gesto irrepetible para la liga de las razas y de las culturas. Recordemos que antes de navegar en la búsqueda de nuevos territorios, los españoles y los portugueses habían acogido en su territorio a árabes y judíos durante cientos de años. De esta convivencia íntima, a veces perturbadora, a veces violenta, pero en la mayoría de los casos enriquecedora, se forjó un cruce peculiar y hasta fabuloso, que, una vez conquistado el Mundus Novus, se mezcló con la sangre indígena y con la de los esclavos provenientes de África y produjo aquello que José Vasconcellos nombró como la “Raza Cósmica”.

Así pues, es de destacar que cada latinoamericano lleva en su sangre cromosomas judíos, árabes, africanos, cristianos, indígenas y europeos. Y su alma latina está poseída por la gracia y la hondura de los griegos y de los romanos. No se trata de una exageración fútil e impertinente. Es un hecho verídico. Cada latinoamericano ha sido y es un filósofo griego, un emperador romano, un esclavo africano, un perseguido judío, un ultrajado indígena, un incomprendido árabe, un conquistador europeo, en sí, una resplandeciente huella digital y su laberinto. Esa combinación indescifrable es signo e inspiración de la esplendorosa América Latina. Mi tierra.

Escribí “esplendorosa” pero pude haber escrito “herida”.

“Herida” porque a pesar de esta luminosa mezcla de razas y de culturas, que nos asemeja con la humanidad y nos acerca a ella, y pese al espíritu libertario de nuestros emancipadores del siglo XIX, de los que hablé anteriormente, en Latinoamerica todavía no conocemos la igualdad de derechos ni de oportunidades, mucho menos la libertad. Parece mentira pero los latinoamericanos, salvo ciertas contadas y radiantes excepciones, no podemos asegurar que hemos sido ni humanos ni libres. Algo de opresión, de destierro y de tiranía nos despoja y nos atañe. Dos siglos, desde la Independencia, no han sido suficientes para borrar la profunda brecha económica y social que existe entre nuestros habitantes. De hecho, la brecha se ha ensanchado. En Latinoamérica se han tejido dos sociedades distintas: una que tiende a la barbarie, acaso premoderna, y otra moderna y elitesca. La una y la otra no se miran al rostro y cuando lo hacen, no sin asco, se desconocen, abofetean o escupen. En diálogo de sordos, estas sociedades antagónicas, como el aceite y el agua, se repelen. Muchos años de descuido y hasta de olvido, por parte no sólo de nuestros gobiernos, sino de cada ciudadano responsable y consciente, ha profundizado esta brecha que hoy por momentos pareciera insalvable.

Negación, acaso, de nuestra esencia mestiza, en América Latina poseemos una herida abierta en el alma de nuestra sociedad que se llama “exclusión”. La pregunta inevitable es: ¿cómo curarla? Exclusión que a su vez ha traído consigo cordones de miseria inefables. Lugares inhóspitos que constituyen muchos de nuestros suburbios urbanos y algunos rurales donde ni la policía puede penetrar sin ser acorralada y vejada, lugares sólo imaginables en películas de ciencia ficción y holocausto. La miseria, entonces, en nuestro caso, debe ser entendida como una amalgama de pobreza material, analfabetismo, superstición e inmoralidad. Esto, como es de suponer, permite y facilita más marginación, corrupción y rechazo mutuo.

La herida latinoamericana cada día se ensancha y desangra, podríamos colapsar si no la curamos pronto.

En un escenario semejante resulta comprensible que en América Latina tengamos más bien destellos de democracia y no procesos democráticos sólidos y sostenibles. Cada cierto tiempo, con apariciones súbitas de jefes de tribus o de jefes revolucionarios, que nosotros conocemos como caudillos, ocurren revueltas militares, golpes de estado: caídas súbitas de los gobiernos. Fascistas o comunistas, sea el dominicano Trujillo o el cubano Fidel Castro, los caudillos aparecen para salvar a la patria disfrazados con su antifaz de pseudo redentores de los pueblos oprimidos, y terminan lanzando a la sociedad por un precipicio.

Esto sucede básicamente porque desde la Independencia hasta el advenimiento del siglo XXI cada uno de nuestros ensayos democráticos para fundar repúblicas liberales y democracias sociales firmes tiende a olvidar al hombre: sus desgracias, sus padecimientos, su miseria. No sólo lo excluye, lo niega o lo utiliza y explota impidiéndole incluso aspirar a la libertad, a la prosperidad, o peor: a la supervivencia y a la vida. En un territorio y cultura semejante, ¿quién puede alcanzar sus sueños y metas, quién puede ser libre?

No sé si ebrios, ensimismados o, si se quiere, embelesados por la grandilocuencia que el poder ofrece, nuestros gobernantes se convierten tarde o temprano en actores de teatro o circo, lo único que hacen es entretener a su público con extravagancias y delirios. A las mayorías excluidas, a esa clase social barbárica y premoderna, el jefe revolucionario o caudillo, les entrega, a cuotas, Pan y Circo. El “redentor revolucionario” tiende a aparecer para “rescatar” con revoluciones tumultuosas y sangrientas, explotadoras del hombre y negadoras de libertad individual, de la vida y de la dignidad humana a los “excluidos”. La naturaleza de esta hipocresía, de esta falsificación devastadora, es universal: la esclavitud. Negarle al hombre sus derechos fundamentales: la libertad de expresión y pensamiento, el libre tránsito, la libre elección de sus amigos y representantes, para someterlo y subyugarlo o para utilizarlo como arma política valiéndose de la explotación populista de sus necesidades es la forma posmoderna y disimulada de esclavizar. Bajo la égida del bienestar comunista y social que, en todos los casos, sin excepción, sujeta a la sociedad y la amordaza, los “redentores revolucionarios” encarcelan al espíritu humano en razón de un mito o de una ideocracia totalitaria, como decía Octavio Paz, que nos lleva a un laberinto de soledad perturbador y enigmático, del cual no podremos salir ni con la ayuda de Dédalus.

Por otro lado, paradójicamente, las riquezas naturales latinoamericanas de las que hablé antes son a un tiempo motivo de inspiración y castigo. Su divina fatalidad nos enaltece o arruina. Los jefes de tribu, los revolucionarios, los caudillos, usan éstas riquezas como patrimonios personales y se dedican a comprar nacional e internacionalmente voluntades y afectos para completar sus ficciones dañinas y mantener a sus pueblos bajo una disimulada esclavitud, sometiéndolos al esquema romano del Pan y el Circo.

Realidad ruinosa e íntima que agota, pero que a su vez describe una realidad universal: nuestra falta de humanismo. Me pregunto, ¿es el padecimiento latinoamericano exclusivo de nuestra sociedad o es más bien una nota recurrente en las sociedades del mundo? ¿No son universales, en menor o mayor grado, la exclusión, las intentonas de esclavitud y la persecución sea religiosa, étnica, social, de género o política que hace el Hombre del Hombre?

III

El problema latinoamericano es un problema unívoco de la raza humana y se debe a que la piedra angular de cualquier sociedad o cultura, el ser humano, el individuo, no está ilustrado ni preparado para hacer valer sus Derechos Humanos de manera efectiva. (2)Son los Derechos Humanos la única medida eficaz con la que contamos para evaluar que tan humanista es una sociedad frente a la otra. En ese sentido, es el hombre el único que puede decidir cómo redimirse a sí mismo. No está en manos de nadie, de ningún Mesías revolucionario, caudillo o jefe de tribu el granjearle democracia, libertad o dignidad al ser humano, sino es el ciudadano en sí mismo quien la desea y ejerce con libertad. La referencia universal y unánime es la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que, como código principista, es el único que agrupa el sentir humanista de todas y cada una de las sociedades y culturas. No debe ser apreciada como una declaración abstracta, debe ser asumida con responsabilidad y tino para resguardarnos unos a otros y para mantener las expectativas de supervivencia de nuestra raza. La humanidad sólo pervivirá en la medida de que cada Hombre asuma con responsabilidad el reto de mantenerla viva, y los Derechos Humanos son la referencia fiscalizadora.

Antes mencioné la Constitución de los Estados Unidos y la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano como radiantes obeliscos que enaltecen la plaza pública de la Historia Universal. Pues si aquellas son obeliscos, la Declaración Universal de los Derechos Humanos es la esfinge iluminada que nos radia paz e ilumina en tiempos de tormenta y oscuridad nuestro tránsito por la vida. Sus treinta preceptos son joyas humanistas que enaltecen, dignifican y hacen acreedor de libertad, vida, igualdad, justicia y seguridad social a cada ciudadano que habita sobre la faz del planeta. Lo triste es que un noventa por ciento, o más, de los seres humanos ni conocen sus derechos vitales ni tiene métodos eficaces para hacerlos efectivos. El ser humano es un analfabeta humanista en ese sentido, la única posibilidad que tiene de sobrevivir y de resolver su eterno dilema de igualdad frente al poder político, por sí mismo, sin necesidad de redentores revolucionarios, es ilustrarse en cuanto a sus derechos, uno por uno conocerlos, para posteriormente, como ilustrados ciudadanos del mundo, encontrar y diseñar vías eficaces para hacerlos efectivos. Mientras no lo haga, la guerra, la exclusión, la discriminación y la intolerancia seguirán siendo nuestros peores enemigos. E insisto, todos estos son problemas que el Hombre le causa al Hombre. No son atrocidades sobrenaturales ni divinas.

Paradójicamente, el ser humano tiene que humanizarse, no existe otra vía de redención y estimo que lo único que nosotros humanamente podemos ofrecer es ilustración, organización y metodología en la expansión del conocimiento de los treinta preceptos contenidos en la magnífica Carta de Declaración Universal de los Derechos Humanos, para que cada hombre, cada mujer, cada joven, cada niño o niña (en especial éstos) los conozcan y los apliquen.

La propuesta es hacer de la Declaración Universal de los Derechos Humanos no sólo una esfinge que adorna e ilumina la plaza pública de nuestra historia, sino agenciar que sea un cobijo y una garantía de vida, de libertad y de igualdad del hombre frente a sus semejantes y frente al poder político. Para que así, el sueño humanista, la esperanza humanista sean una realidad evidente. Y en el África, en la Europa, en la América Latina y del Norte, en el Asia, en el Medio Oriente, en la Oceanía, en Palestina, en Israel, en Irak, en el Tibet, en Zimbabwe, en México y Venezuela, en Turquía, incluso, en los Estados Unidos, la prosperidad, el florecimiento y la felicidad del género humano sean el único imperio posible. Humanizar al Hombre es nuestra tarea vital, nuestra misión, y la única manera de conseguirlo es generar una cruzada universal para que cada quien conozca y aplique con métodos efectivos sus treinta Derechos Humanos.

Humano y libre, el Hombre partirá en pedazos cualquier indicio de tiranía o atropello político, porque él será el creador, rector y fiscalizador directo de su propio destino. Es un asunto de supervivencia, de preservación, una inapelable selección racional. Humano y libre, no sólo para que el Hombre sea capaz de obtener casa, comida, seguridad o salud (que ya es pedir mucho), sino para que sienta que el mundo le garantiza un ambiente de paz, tolerancia, seguridad y libertad que le permitirán escalar tan alto como sean sus sueños y metas. Martín Luther King tenía un sueño humanista y liberal y en gran medida su sueño se materializó en favor de las mayorías. Ahora nos toca a nosotros soñar: ¡Soñemos, seres humanos, soñemos una nueva civilización humana y libre que sólo será posible si nosotros decidimos construirla! Evitemos la esclavitud o la devastación del ser humano causada por otro ser humano o por alguno que ha dejado de serlo. Evitemos la guerra y las invasiones. Evitemos el pan y el circo político. Evitemos que el Minotauro comunista, los auto proclamados “salvadores del mundo”, los ideócratas totalitarios y todos los demás amantes de la barbarie nos encarcelen en sus laberintos de miedo. Evitemos que sean las balas las que hablen en vez de las ideas. Es el momento crucial de hacer política o, como decía John Lennon, de hacer el amor que es el modo en que las culturas del Mundo hacen verdadera política. Hay esperanza, el ser humano la encarna, agradezcamos su existencia humanista y liberal, es garantía unívoca de supervivencia. Como los aztecas, desgarremos nuestro pecho y ofrezcamos nuestro corazón todavía húmedo y palpitante, como símbolo de supervivencia y vida, a la civilización, al humanismo, al hombre…, o mejor, a nosotros mismos…

Los treinta Derechos Humanos contenidos en la Declaración Universal son la herramienta, apliquémosla. Vale la pena, es obvio…


Hello world!

junio 24, 2009

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